lunes, 17 de noviembre de 2014

Aciago (III)

Una luz cegadora y blanca hizo que me tuviera que cubrir los ojos con el brazo. Muy poco a poco, abriéndolos para acostumbrar mis pupilas a la nueva luz, me vi a mí mismo en un suelo pálido y suave. Mis manos se deslizaban fácilmente por él, desmenuzándolo, dejándome fragmentos de la tierra entre mis dedos. Con la cara y el cuerpo tumbados, me sentía extrañamente bien, sin pensar casi en nada. Cogí un puñado, y sosteniéndolo en mi mano, lo compacté. Lo primero que se me ocurrió pensar fue en nieve. Aquella tierra era muy similar, pero era imposible. No estaba fría, y no sentía ninguna incomodidad al tenerla en mis manos. Probablemente mi cara se hubiera tornado del mismo color cuando me di cuenta de esto. No sentía frío, pero tampoco calor. No podía sentir nada. Con miedo puro en el cuerpo, me incorporé rápidamente, y solo entonces eché un vistazo a mi espectacular, pero inquietante entorno.

Innumerables montañas, montes y llanuras blancas constituían los pilares de un cielo teñido de tonos violetas y azules, coronado por nubes grises y negras como el carbón, que lo surcaban a una velocidad de vértigo, teniendo en cuenta que no había ninguna clase de viento en aquel momento. Yo mismo me encontraba en una de esas montañas, y podía mirar a la dirección que quisiera, que el paisaje no cambiaría ni un ápice. Y allí, en medio de la cima, a unos pasos, se erigía una pequeña casa de madera. Me acerqué a ella, no sin una sombra de sospecha y de duda recorriendo mi cabeza. No me preocupaba la casa, sino el hecho de que estuviera allí mismo, en medio de la nada. ¿Quién sería capaz de vivir en un sitio así? Apenas formulé la pregunta cuando hallé la respuesta yo mismo.

Allí, al borde del acantilado enfrente de la cabaña, una figura se mantenía de pie, de frente al abismo, y sin apartar la vista del horizonte, o eso parecía, pues no movía ni un músculo. Me aproximé sin cuidar el ruido de mis pasos. Sentía perfectamente que había detectado mi presencia. Al fin y al cabo, supuse que nada ocurría en aquel peñasco sin que el dueño y señor de tal se enterase. También cabía la posibilidad de que tuviera algo que ver con la razón de por qué estaba en aquel lugar. Cuando estuve lo suficientemente cerca, arrojé una mirada a sus ropajes. Una chaqueta oscura, similar a la piel, con una capucha que cubría su cabeza, y pantalones similares. Lo que más me llamó la atención fueron las correas de cuero marrones con hebillas. Por todas partes, y muy numerosas, conformando una especie de armazón. No tuve tiempo para fijarme en más detalles, pues su voz resonó en un eco en las montañas.

- Alteración. Las nubes lo anuncian. Es un período de transición – dijo, aún con la mirada clavada a la nada. – Pero me temo que está más allá de tu comprensión – y con esto, silencio.

- ¿Quién eres? – pregunté, pese a dudar de si obtendría alguna respuesta. – ¿De qué estás hablando?

- Deberías saber que cuando alguien pregunta algo, debe estar preparado para conocer la respuesta – y antes de que pudiera responder, continuó – ¿Acaso recuerdas qué estabas haciendo antes de venir?

Sin decir nada, mi mente quedó en blanco. Aquellas palabras me resonaban en la cabeza, e intenté recordar algo. No solo no pude, sino que el mismo hecho de intentarlo hacía que me hirviera la cabeza. Empecé a sentir dolorosamente las palpitaciones de sangre al cerebro, similares a golpes secos. Pese a ello, me causó algo de alivio, pues sentía claramente el dolor. Quizás no calor o frío, pero sí dolor.

- ¿Qué significa esto? – mi tono de voz se magnificó por el dolor. – ¿Por qué estoy aquí? No recuerdo haber hecho nada, ni siquiera como he llegado. ¿Qué está pasando?

- Preguntas. Muchas, y ni siquiera te paras a pensar que seguramente tengas ya las respuestas – espetó. Su voz seguía tranquila, pero era fría como la escarcha. – Si eres paciente, irás conociendo las verdades, una por una, y desenmascarando mentiras y embusteros. Actuar sin precaución solo te hará creer que conoces la verdad. Una verdad que, obviamente, estará sustentada en mentiras.

La sangre empezaba a golpear mi cabeza con más fuerza, y me hizo caer de rodillas. Lo que antes era dolor, se empezaba a convertir en entumecimiento y neutralidad. Tenía que dejar de pensar, o me reventaría la cabeza. Aun así, no deje de mirar a la figura, que se mantenía exactamente como la encontré. Me pregunté durante un instante que si aquella voz siquiera fuera suya. Entonces, alzó la mano izquierda en alto. La visión se me emborronaba, y los miembros se me quedaban paralizados en una sensación terriblemente familiar. Tirado de nuevo en la tierra blanca, alcé la vista hacia las nubes, que continuaban su recorrido, ajenas a lo que ocurría en la cima de la montaña, a la figura, y al resto del mundo.

- No dejes de correr – escuché, antes de cerrar los ojos. – No dejes de buscarla.

Aciago (II)

Recorriendo la calle a toda velocidad, atento a cualquier detalle, me fijé en una sombra. Podría ser cualquiera, o cualquier cosa. De todos modos me acerqué rápidamente. Y antes de que llegara, la sombre giró una de las esquinas, dirigiéndose a otra calle. Crucé la calzada y cambié de dirección, encarando el nuevo recorrido, pero sin resultados. Lo único que veía ahora era otra calle más, vacía como la anterior. Y la anterior. Y la anterior. Reclinándome, con las manos en las rodillas, y casi ahogado, maldecía a todo por lo que estaba sucediendo, y que no llegaba a entender para nada. Aún en el cruce, miré hacia todas las direcciones. Todas presentaban la misma vista, calles solitarias, luces tenues, coches aparcados llenos de humedad. Solo cuando me senté en la acera, empecé a preguntarme por qué no había nadie en la calle, ningún ruido, ningún signo de vida. A pesar de ser por la madrugada, es extraño. El amanecer llegaría pronto.

Aún intentando vislumbrar cualquier atisbo de lógica en todo, escuché el primer sonido que me llegó. Suave y bajo, un continuo rechinar de metal, como si se arrastrase algo. Reconocí que tenía miedo. El entorno no ayudaba nada, y cuando encaré la dirección del ruido, no fue a mejor. Estupefacto, y sin dejar de escuchar el metal, pude ver como una densa nube de niebla recorría la calle hacia arriba, hacia el cruce, hacia mí. Los dedos empezaron a quedárseme helados, y las piernas no me respondían, pero no podía desclavar la vista de ello. Y en mi mente empezaron a formarse horribles palabras. Esa niebla va a matarme. Si llega, me matará. Estaba seguro. Solo con rozarme, acabaría muerto. Solo aceptando este hecho, reaccioné. Me acerqué a una de las fachadas de la calle, buscando cualquier puerta que estuviera abierta, cualquier sitio que me sirviera de refugio. No podía estar más tiempo en la calle.

Maldije mi suerte cuando probé alrededor de una docena de pomos, que ninguna de sus puertas se abría. Un vistazo rápido me reveló que la niebla se acercaba aún más. Las maldiciones se tornaron en desesperación, y me vi obligado a huir por incontables callejones, deseando poder escapar. Dejé atrás la niebla, en aquella calle, donde avanzaba rápidamente, y me encaminé a otra. En ese momento, la desesperación desde las maldiciones, se tornó en horror. Por la calle donde estaba, otro frente neblinoso se abría paso, engullendo calle, coches, aceras, todo. Y detrás de mí, la niebla que había dejado atrás. Ningún lugar a donde huir. Me giré, y en la fachada, estaba mi última esperanza. Un bloque de apartamentos se erigía en aquel lugar, un edificio muy alto, y que juraría no haber visto nunca. Me lancé a la puerta acristalada, pensando en destrozarla y atravesarla si estaba cerrada como todas las demás, pero eso dejaría entrar a la niebla. No podía, me cogería, y no volvería a ver la luz del sol nunca más. Todo lo pensé en un instante, el suficiente como para girar el pomo, y que la puerta se abriera suavemente. Sin tiempo para dar las gracias, entré, y cerré tras de mí, y con una calza que había en el suelo, trabé la puerta.

Me escondí detrás del mostrador de la portería, y me asomé para ver la puerta, y el exterior. Los dos frentes de niebla chocaron justamente enfrente de la entrada, y se fundieron en uno solo. Debido a ello, ahora no se podía ver nada a más de dos metros escasos de la puerta. Fue entonces cuando vi una silueta oscura, al otro lado de la puerta, a centímetros de ella. No podía distinguir sus rasgos, pero se diferenciaba que era humana. Durante un momento me pregunté si podría ser ella. No podía quedarse fuera, era una locura. Y cuando iba a levantarme para abrir la puerta, los miré, y con ellos, el mayor de los terrores se introdujo en mi cuerpo. Dos pequeños ojos rojos, brillando, y mirándome fijamente. Ojos negros con pupilas rojas. Caí al suelo, temblando, las manos entumecidas y sin sentido, lo mismo para las piernas, y lentamente para el resto del cuerpo, que sentía retorcerse en violentos espasmos. Lo poco que veía entonces se tornaba en negro. No sabía que me pasaba, ni lo que me iba a pasar, o qué iba a suceder con ella, y por qué había pasado todo esto. Sentí entonces como el cuerpo por completo se me paralizaba. Había llegado al límite de mi resistencia, y algo me decía en mi interior que podría ser también el límite de mi vida.

Aciago (I)

El reloj de mi escritorio marcaba las 3:30 de la mañana. A la luz de un flexo anaranjado y la pantalla del ordenador, me encontraba trabajando hasta tarde para un trabajo de la universidad. Como siempre que necesitaba concentración, mi habitación estaba cerrada a cal y canto. Las persianas completamente bajadas, pues ya no había ninguna luz fuera, siquiera la de las farolas. Es lo que tiene vivir en el último piso. Junto a la puerta cerrada, todo formaba un ambiente seco y cálido, pero no por ello desagradable, y la tenue luz de la lamparilla del flexo era lo único que necesitaba. Pese a todo esto, no me encontraba solo en mi habitación. Alguien más estaba respirando aquí dentro.

Me levanté de mi silla, despegando los ojos de los papeles y la pantalla, y froté mis manos para ganar algo de calor, todo sin hacer ningún ruido. Me desplacé lentamente hasta el borde de la cama, y me senté. Y allí estaba ella, durmiendo, acurrucada bajo la manta. Su cabello castaño largo cubría casi por completo la almohada, y sus ojos cerrados ocultaban un turquesa intenso que me hacía enloquecer. No sé cuánto tiempo pude estar observándola en aquel estado, pensando cuán afortunado era de tenerla a ella aquí. Mi vida tomó un rumbo completamente diferente desde que empezó a importarme, y no logro imaginar dónde hubiera acabado de no haberlo hecho. Pero eso no me preocupa. Soy realmente feliz.

Sin querer despertarla, volví a mi escritorio. Normalmente hago fluir mi mente en la ocupación que tengo entre manos, pero ese día era diferente. Mientras trabajaba, pensaba para mis adentros, ¿por qué estaba haciendo esto? Y la respuesta no se encontraba a más de dos metros de mí. Y sonreí. Pese a que el trabajo era duro, y sería muy largo, no podía dejar de sonreír. Decidí centrarme y terminar esto cuanto antes para poder dormir a su lado, aunque solo quedasen unas cuantas horas para el amanecer.

Y cuando más absorto estaba en mi trabajo, con los ojos fijos en la pantalla, hubo un apagón. La habitación, antes iluminada parcialmente con el flexo, quedó completamente a oscuras. Volviendo en mí, abrí a tientas uno de mis cajones, donde guardaba una caja de cerillas. Encendí una de las velas de mi habitación, y me dirigí a la cama. Seguramente hubiera hecho suficiente ruido como para despertarla, así que tendría que avisarle sobre el apagón. No pasaba nada. No había de qué preocuparse, hasta que me acerqué lo suficiente a la cama. Ella no estaba allí.

Palpé las sábanas, inmerso en incredulidad. Ella estaba allí no hace ni unos minutos, y no escuché ningún ruido, era imposible. Entonces, unos pasos acelerados sonaron en el pasillo. Con la vela en la mano, salí rápidamente de mi habitación. Lo poco que iluminaba la vela del pasillo no mostraba nada, así que lo recorrí rápidamente hasta el final. Allí, sin poder salir del asombro, vi la puerta principal del piso completamente abierta, y aún moviéndose. Cogí una linterna del recibidor, y salí corriendo del piso, pero no veía a nadie. No estaba allí. ¿Dónde demonios estaba? ¿Qué estaba haciendo? Los mismos pasos se escuchaban bajando las escaleras rápidamente. Los seguí, y antes de que me diera cuenta, ya estaba en el portal, cuyas puertas también estaban abiertas. Salí a la calle.

Pero lo único que me recibió fuera fue el frío del invierno, y las luces vacías de las farolas. Solo veía la calle, coches aparcados, pero ninguna persona. Miré a ambos lados de la carretera. Nadie. Absolutamente nadie. Bajo un cielo sin estrellas, y con la linterna en la mano, busqué por los alrededores con ahínco, sin resultado. Me senté en las escaleras del porche, y me llevé las manos a la cabeza. No entendía nada. Miré el cielo, completamente oscuro, y me extrañó. Ya debería estar amaneciendo. Miré el reloj. Las 4:22, y ahí se había parado, junto al resto del mundo. Sin querer pensar en ello, me levanté, y empecé a caminar calle arriba, ignorando el frío, y deseando que esto solo fuera un mal sueño, aunque supiera que no lo era.