Una luz cegadora y blanca hizo que me tuviera
que cubrir los ojos con el brazo. Muy poco a poco, abriéndolos para acostumbrar
mis pupilas a la nueva luz, me vi a mí mismo en un suelo pálido y suave. Mis
manos se deslizaban fácilmente por él, desmenuzándolo, dejándome fragmentos de
la tierra entre mis dedos. Con la cara y el cuerpo tumbados, me sentía
extrañamente bien, sin pensar casi en nada. Cogí un puñado, y sosteniéndolo en
mi mano, lo compacté. Lo primero que se me ocurrió pensar fue en nieve. Aquella
tierra era muy similar, pero era imposible. No estaba fría, y no sentía ninguna
incomodidad al tenerla en mis manos. Probablemente mi cara se hubiera tornado
del mismo color cuando me di cuenta de esto. No sentía frío, pero tampoco
calor. No podía sentir nada. Con miedo puro en el cuerpo, me incorporé
rápidamente, y solo entonces eché un vistazo a mi espectacular, pero
inquietante entorno.
Innumerables montañas, montes y llanuras blancas
constituían los pilares de un cielo teñido de tonos violetas y azules, coronado
por nubes grises y negras como el carbón, que lo surcaban a una velocidad de
vértigo, teniendo en cuenta que no había ninguna clase de viento en aquel
momento. Yo mismo me encontraba en una de esas montañas, y podía mirar a la
dirección que quisiera, que el paisaje no cambiaría ni un ápice. Y allí, en
medio de la cima, a unos pasos, se erigía una pequeña casa de madera. Me
acerqué a ella, no sin una sombra de sospecha y de duda recorriendo mi cabeza.
No me preocupaba la casa, sino el hecho de que estuviera allí mismo, en medio
de la nada. ¿Quién sería capaz de vivir en un sitio así? Apenas formulé la
pregunta cuando hallé la respuesta yo mismo.
Allí, al borde del acantilado enfrente de la
cabaña, una figura se mantenía de pie, de frente al abismo, y sin apartar la
vista del horizonte, o eso parecía, pues no movía ni un músculo. Me aproximé
sin cuidar el ruido de mis pasos. Sentía perfectamente que había detectado mi
presencia. Al fin y al cabo, supuse que nada ocurría en aquel peñasco sin que
el dueño y señor de tal se enterase. También cabía la posibilidad de que
tuviera algo que ver con la razón de por qué estaba en aquel lugar. Cuando
estuve lo suficientemente cerca, arrojé una mirada a sus ropajes. Una chaqueta
oscura, similar a la piel, con una capucha que cubría su cabeza, y pantalones
similares. Lo que más me llamó la atención fueron las correas de cuero marrones
con hebillas. Por todas partes, y muy numerosas, conformando una especie de
armazón. No tuve tiempo para fijarme en más detalles, pues su voz resonó en un
eco en las montañas.
- Alteración. Las nubes lo anuncian. Es un
período de transición – dijo, aún con la mirada clavada a la nada. – Pero me
temo que está más allá de tu comprensión – y con esto, silencio.
- ¿Quién eres? – pregunté, pese a dudar de si
obtendría alguna respuesta. – ¿De qué estás hablando?
- Deberías saber que cuando alguien pregunta
algo, debe estar preparado para conocer la respuesta – y antes de que pudiera
responder, continuó – ¿Acaso recuerdas qué estabas haciendo antes de venir?
Sin decir nada, mi mente quedó en blanco.
Aquellas palabras me resonaban en la cabeza, e intenté recordar algo. No solo
no pude, sino que el mismo hecho de intentarlo hacía que me hirviera la cabeza.
Empecé a sentir dolorosamente las palpitaciones de sangre al cerebro, similares
a golpes secos. Pese a ello, me causó algo de alivio, pues sentía claramente el
dolor. Quizás no calor o frío, pero sí dolor.
- ¿Qué significa esto? – mi tono de voz se
magnificó por el dolor. – ¿Por qué estoy aquí? No recuerdo haber hecho nada, ni
siquiera como he llegado. ¿Qué está pasando?
- Preguntas. Muchas, y ni siquiera te paras a
pensar que seguramente tengas ya las respuestas – espetó. Su voz seguía
tranquila, pero era fría como la escarcha. – Si eres paciente, irás conociendo
las verdades, una por una, y desenmascarando mentiras y embusteros. Actuar sin
precaución solo te hará creer que conoces la verdad. Una verdad que, obviamente,
estará sustentada en mentiras.
La sangre empezaba a golpear mi cabeza con más
fuerza, y me hizo caer de rodillas. Lo que antes era dolor, se empezaba a
convertir en entumecimiento y neutralidad. Tenía que dejar de pensar, o me
reventaría la cabeza. Aun así, no deje de mirar a la figura, que se mantenía
exactamente como la encontré. Me pregunté durante un instante que si aquella
voz siquiera fuera suya. Entonces, alzó la mano izquierda en alto. La visión se
me emborronaba, y los miembros se me quedaban paralizados en una sensación
terriblemente familiar. Tirado de nuevo en la tierra blanca, alcé la vista
hacia las nubes, que continuaban su recorrido, ajenas a lo que ocurría en la
cima de la montaña, a la figura, y al resto del mundo.
- No dejes de correr – escuché, antes de cerrar
los ojos. – No dejes de buscarla.