lunes, 17 de noviembre de 2014

Aciago (II)

Recorriendo la calle a toda velocidad, atento a cualquier detalle, me fijé en una sombra. Podría ser cualquiera, o cualquier cosa. De todos modos me acerqué rápidamente. Y antes de que llegara, la sombre giró una de las esquinas, dirigiéndose a otra calle. Crucé la calzada y cambié de dirección, encarando el nuevo recorrido, pero sin resultados. Lo único que veía ahora era otra calle más, vacía como la anterior. Y la anterior. Y la anterior. Reclinándome, con las manos en las rodillas, y casi ahogado, maldecía a todo por lo que estaba sucediendo, y que no llegaba a entender para nada. Aún en el cruce, miré hacia todas las direcciones. Todas presentaban la misma vista, calles solitarias, luces tenues, coches aparcados llenos de humedad. Solo cuando me senté en la acera, empecé a preguntarme por qué no había nadie en la calle, ningún ruido, ningún signo de vida. A pesar de ser por la madrugada, es extraño. El amanecer llegaría pronto.

Aún intentando vislumbrar cualquier atisbo de lógica en todo, escuché el primer sonido que me llegó. Suave y bajo, un continuo rechinar de metal, como si se arrastrase algo. Reconocí que tenía miedo. El entorno no ayudaba nada, y cuando encaré la dirección del ruido, no fue a mejor. Estupefacto, y sin dejar de escuchar el metal, pude ver como una densa nube de niebla recorría la calle hacia arriba, hacia el cruce, hacia mí. Los dedos empezaron a quedárseme helados, y las piernas no me respondían, pero no podía desclavar la vista de ello. Y en mi mente empezaron a formarse horribles palabras. Esa niebla va a matarme. Si llega, me matará. Estaba seguro. Solo con rozarme, acabaría muerto. Solo aceptando este hecho, reaccioné. Me acerqué a una de las fachadas de la calle, buscando cualquier puerta que estuviera abierta, cualquier sitio que me sirviera de refugio. No podía estar más tiempo en la calle.

Maldije mi suerte cuando probé alrededor de una docena de pomos, que ninguna de sus puertas se abría. Un vistazo rápido me reveló que la niebla se acercaba aún más. Las maldiciones se tornaron en desesperación, y me vi obligado a huir por incontables callejones, deseando poder escapar. Dejé atrás la niebla, en aquella calle, donde avanzaba rápidamente, y me encaminé a otra. En ese momento, la desesperación desde las maldiciones, se tornó en horror. Por la calle donde estaba, otro frente neblinoso se abría paso, engullendo calle, coches, aceras, todo. Y detrás de mí, la niebla que había dejado atrás. Ningún lugar a donde huir. Me giré, y en la fachada, estaba mi última esperanza. Un bloque de apartamentos se erigía en aquel lugar, un edificio muy alto, y que juraría no haber visto nunca. Me lancé a la puerta acristalada, pensando en destrozarla y atravesarla si estaba cerrada como todas las demás, pero eso dejaría entrar a la niebla. No podía, me cogería, y no volvería a ver la luz del sol nunca más. Todo lo pensé en un instante, el suficiente como para girar el pomo, y que la puerta se abriera suavemente. Sin tiempo para dar las gracias, entré, y cerré tras de mí, y con una calza que había en el suelo, trabé la puerta.

Me escondí detrás del mostrador de la portería, y me asomé para ver la puerta, y el exterior. Los dos frentes de niebla chocaron justamente enfrente de la entrada, y se fundieron en uno solo. Debido a ello, ahora no se podía ver nada a más de dos metros escasos de la puerta. Fue entonces cuando vi una silueta oscura, al otro lado de la puerta, a centímetros de ella. No podía distinguir sus rasgos, pero se diferenciaba que era humana. Durante un momento me pregunté si podría ser ella. No podía quedarse fuera, era una locura. Y cuando iba a levantarme para abrir la puerta, los miré, y con ellos, el mayor de los terrores se introdujo en mi cuerpo. Dos pequeños ojos rojos, brillando, y mirándome fijamente. Ojos negros con pupilas rojas. Caí al suelo, temblando, las manos entumecidas y sin sentido, lo mismo para las piernas, y lentamente para el resto del cuerpo, que sentía retorcerse en violentos espasmos. Lo poco que veía entonces se tornaba en negro. No sabía que me pasaba, ni lo que me iba a pasar, o qué iba a suceder con ella, y por qué había pasado todo esto. Sentí entonces como el cuerpo por completo se me paralizaba. Había llegado al límite de mi resistencia, y algo me decía en mi interior que podría ser también el límite de mi vida.

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