El reloj de mi escritorio marcaba las 3:30 de la
mañana. A la luz de un flexo anaranjado y la pantalla del ordenador, me
encontraba trabajando hasta tarde para un trabajo de la universidad. Como
siempre que necesitaba concentración, mi habitación estaba cerrada a cal y
canto. Las persianas completamente bajadas, pues ya no había ninguna luz fuera,
siquiera la de las farolas. Es lo que tiene vivir en el último piso. Junto a la
puerta cerrada, todo formaba un ambiente seco y cálido, pero no por ello
desagradable, y la tenue luz de la lamparilla del flexo era lo único que
necesitaba. Pese a todo esto, no me encontraba solo en mi habitación. Alguien
más estaba respirando aquí dentro.
Me levanté de mi silla, despegando los ojos de
los papeles y la pantalla, y froté mis manos para ganar algo de calor, todo sin
hacer ningún ruido. Me desplacé lentamente hasta el borde de la cama, y me
senté. Y allí estaba ella, durmiendo, acurrucada bajo la manta. Su cabello
castaño largo cubría casi por completo la almohada, y sus ojos cerrados
ocultaban un turquesa intenso que me hacía enloquecer. No sé cuánto tiempo pude
estar observándola en aquel estado, pensando cuán afortunado era de tenerla a
ella aquí. Mi vida tomó un rumbo completamente diferente desde que empezó a
importarme, y no logro imaginar dónde hubiera acabado de no haberlo hecho. Pero
eso no me preocupa. Soy realmente feliz.
Sin querer despertarla, volví a mi escritorio.
Normalmente hago fluir mi mente en la ocupación que tengo entre manos, pero ese
día era diferente. Mientras trabajaba, pensaba para mis adentros, ¿por qué
estaba haciendo esto? Y la respuesta no se encontraba a más de dos metros de
mí. Y sonreí. Pese a que el trabajo era duro, y sería muy largo, no podía dejar
de sonreír. Decidí centrarme y terminar esto cuanto antes para poder dormir a
su lado, aunque solo quedasen unas cuantas horas para el amanecer.
Y cuando más absorto estaba en mi trabajo, con
los ojos fijos en la pantalla, hubo un apagón. La habitación, antes iluminada
parcialmente con el flexo, quedó completamente a oscuras. Volviendo en mí, abrí
a tientas uno de mis cajones, donde guardaba una caja de cerillas. Encendí una
de las velas de mi habitación, y me dirigí a la cama. Seguramente hubiera hecho
suficiente ruido como para despertarla, así que tendría que avisarle sobre el
apagón. No pasaba nada. No había de qué preocuparse, hasta que me acerqué lo
suficiente a la cama. Ella no estaba allí.
Palpé las sábanas, inmerso en incredulidad. Ella
estaba allí no hace ni unos minutos, y no escuché ningún ruido, era imposible.
Entonces, unos pasos acelerados sonaron en el pasillo. Con la vela en la mano,
salí rápidamente de mi habitación. Lo poco que iluminaba la vela del pasillo no
mostraba nada, así que lo recorrí rápidamente hasta el final. Allí, sin poder
salir del asombro, vi la puerta principal del piso completamente abierta, y aún
moviéndose. Cogí una linterna del recibidor, y salí corriendo del piso, pero no
veía a nadie. No estaba allí. ¿Dónde demonios estaba? ¿Qué estaba haciendo? Los
mismos pasos se escuchaban bajando las escaleras rápidamente. Los seguí, y
antes de que me diera cuenta, ya estaba en el portal, cuyas puertas también
estaban abiertas. Salí a la calle.
Pero lo único que me recibió fuera fue el frío
del invierno, y las luces vacías de las farolas. Solo veía la calle, coches
aparcados, pero ninguna persona. Miré a ambos lados de la carretera. Nadie.
Absolutamente nadie. Bajo un cielo sin estrellas, y con la linterna en la mano,
busqué por los alrededores con ahínco, sin resultado. Me senté en las escaleras
del porche, y me llevé las manos a la cabeza. No entendía nada. Miré el cielo,
completamente oscuro, y me extrañó. Ya debería estar amaneciendo. Miré el
reloj. Las 4:22, y ahí se había parado, junto al resto del mundo. Sin querer
pensar en ello, me levanté, y empecé a caminar calle arriba, ignorando el frío,
y deseando que esto solo fuera un mal sueño, aunque supiera que no lo era.
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