En menos de un segundo, se desató el infierno.
<<Una fila de montañas violáceas con cumbres nevadas acariciaban tímidamente un cielo oscuro. Un sol rojo como la sangre se escondía tras ellas, otorgando el relevo a la noche. La luna era azul, brillante, y su mortecina luz bañaba la cordillera, dándole un aspecto espectral. A los pies de una de las montañas se alzaban unos cuantos árboles, rodeando un riachuelo de poco caudal. El agua, del color del vino tinto, avanzaba lentamente, coronada por reflejos de luz azul y blanca. El único sonido era el leve viento, que mecía los árboles suavemente, desplazando sus hojas muertas al nivel del suelo. Algunas caían en el agua, y se perdían para siempre en el cauce, otras formaban un lecho sobre la hierba, tapando tierra y raíces. El viento dio paso a un crepitar rítmico. Pasos. En la sombra que proporcionaban los árboles, algo desconocido caminaba hacia el riachuelo, completamente oculto. Al salir de su cobertura oscura y llegar al borde del agua, los pasos cesaron. Una hermosa mujer joven, desnuda, contemplaba los sinuosos reflejos del cauce. Juntó las manos, y se las llevó al pecho, recitando una débil plegaria, y alzó la vista hacia la luna, cuya luz confirió un brillo pálido a su piel y a su larga cabellera, de idéntico color del agua. Sus ojos de color índigo se clavaron en el cuerpo celeste, con una expresión de realizada paz en su rostro. Entonces, la muchacha alzó sus manos, como si intentara aferrarse a aquel lucero eterno colgado del cielo. Los ojos portadores de calma se tornaron en la más pura forma del horror. La luna azul se tornó carmesí, y una enorme brecha oscura rajó el cielo nocturno. Las estrellas cayeron y se apagaron para siempre, y un viento huracanado arrancó todo lo que se atrevía a alzarse sobre la superficie de la tierra, salvo a la mujer. Ella permaneció de pie, cerrando las manos, cambiando su expresión de horror a reflejar completamente ira. Sus puños alzados comenzaron a desollarse, y la carne viva empezó a mostrarse. El manto de hojas muertas dio paso a una capa de sangre oscura, que se propagó como una marea roja. En poco tiempo, las manos de la mujer quedaron completamente despojadas de cualquier músculo. Dos mortecinos brazos esqueléticos se anclaban en un cuerpo normal, proporcionando una visión perturbadora, que no sería más que el preludio de una imagen sacada del mismísimo infierno. Las cadavéricas manos empezaron a arrancar más carne del torso, como si no lo reconocieran como parte de su propio cuerpo. Su boca se abría y cerraba, como si intentase decir algo, pero el macabro descuartizamiento no cesó. Sus ojos, esferas áureas con las pupilas completamente contraídas, no podían hacer más que contemplar el horrible hacer de sus propias manos. Su torso acabó completamente despiezado, sus entrañas y vísceras cubrían el suelo próximo, y de sus salientes costillas colgaban restos de los órganos que estaban propuestos a proteger. Las manos arrancaron de su pecho el corazón, aún latente, y lo alzó hacia la luna, testigo mudo de todo el horror. Los huesudos puños se cerraron en torno al vital órgano, y lo rajó completamente por la mitad, separado en dos partes. La sangre que manó de ambos pedazos hundió la tierra y todo lo que hubo en ella, el cielo comenzó a arder en anaranjadas llamas. La luna reventó en mil fragmentos que cayeron a hundirse en el mar escarlata, y el grito más horrible que jamás se haya oído en toda la existencia quebró la realidad hasta ser destruida..>>
Desperté en unas sabanas completamente bañadas de sudor. Aparté la manta que me cubría de un manotazo rápido, y me senté, apoyando la espalda con la pared. Me froté los ojos, y eché un vistazo a mi habitación. El cuarto no era muy grande, y tenía lo esencial para un estudiante de bachillerato: una cama, un escritorio con un ordenador portátil, un armario y unas cuantas estanterías llenas de libros. Nada parecía fuera de lo normal, pero los acelerados latidos en mi pecho no cesaban. Me acerqué a la mesita de noche, y miré mi móvil. Eran las cinco de la mañana, y al despertador le quedaban aún dos horas para sonar. La luz de la farola de la calle se colaba por los resquicios de la persiana cerrada, dándome luz suficiente para encontrar mis zapatillas y salir de la habitación.
Ya en el pasillo, escuché los fuertes ronquidos de mi padre, provenientes de su dormitorio. Haciendo el mínimo ruido posible, crucé el pasillo hasta llegar al salón, y de allí a la cocina. Encendí la luz, abrí la nevera, y me serví algo de zumo. Volví al salón, y me senté con el vaso en las manos en el largo sofá que encaraba la televisión. Tomé un par de sorbos, y reflexioné un poco. Acababa de tener un sueño, me había despertado con el corazón en la boca y sudando. No parecía que hubiera sido algo agradable, pero cuanto más intentaba recordar, más me dolía la cabeza, sin sacar nada en claro. Me recosté en el cómodo sofá, resoplé, y apuré el vaso. Dentro de un par de horas tendría que despertarme de nuevo para volver a ir a clase, y en ese momento sentía como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Decidí intentar descansar lo que pudiera, así que me levanté, dejé el vaso en el fregadero, y volví a mi habitación.
Cerré la puerta detrás de mí, y entré de nuevo en la cama. Aun notaba el sudor de las sábanas, pero no le di mucha importancia. Se acercaba el verano, y esta era la estampa habitual cada vez que intentaba conciliar el sueño. Me cubrí con la manta, y cerré los ojos. Seguramente no habría descansado lo suficiente, ya que en poco tiempo sentí la sensación de entumecimiento completo del cuerpo. Los últimos pensamientos de mi cabeza antes de entrar en un sueño profundo eran inconexos, aleatorios, de los cuales nunca me acordaría de nuevo. No tardé en caer dormido completamente.
Ya en el pasillo, escuché los fuertes ronquidos de mi padre, provenientes de su dormitorio. Haciendo el mínimo ruido posible, crucé el pasillo hasta llegar al salón, y de allí a la cocina. Encendí la luz, abrí la nevera, y me serví algo de zumo. Volví al salón, y me senté con el vaso en las manos en el largo sofá que encaraba la televisión. Tomé un par de sorbos, y reflexioné un poco. Acababa de tener un sueño, me había despertado con el corazón en la boca y sudando. No parecía que hubiera sido algo agradable, pero cuanto más intentaba recordar, más me dolía la cabeza, sin sacar nada en claro. Me recosté en el cómodo sofá, resoplé, y apuré el vaso. Dentro de un par de horas tendría que despertarme de nuevo para volver a ir a clase, y en ese momento sentía como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Decidí intentar descansar lo que pudiera, así que me levanté, dejé el vaso en el fregadero, y volví a mi habitación.
Cerré la puerta detrás de mí, y entré de nuevo en la cama. Aun notaba el sudor de las sábanas, pero no le di mucha importancia. Se acercaba el verano, y esta era la estampa habitual cada vez que intentaba conciliar el sueño. Me cubrí con la manta, y cerré los ojos. Seguramente no habría descansado lo suficiente, ya que en poco tiempo sentí la sensación de entumecimiento completo del cuerpo. Los últimos pensamientos de mi cabeza antes de entrar en un sueño profundo eran inconexos, aleatorios, de los cuales nunca me acordaría de nuevo. No tardé en caer dormido completamente.
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