- No, si cuando se pone el día tonto, no hay quien lo cambie.
Desde la amplia ventana de mi habitación, observo vagamente cómo caen las gotas de lluvia en la calle. El cielo grisáceo cubría lo que debería haber sido un atardecer precioso, obligándome a quedarme otro día más en el piso. El cristal de la ventana está empapado, y se puede sentir el frío de fuera solo con acercar la mano. Realmente melancólico, sin duda. Es un sentimiento muy generalizado de los días de lluvia, pero a mí me hacen sentirme especialmente incómodo: no puedes salir a la calle tranquilamente, y acabas calado de pies a cabeza hagas lo que hagas. Bueno, no siempre. No si te quedas en casa, y eso era lo que tenía pensado hacer desde que vi los primeros nubarrones acumularse. Vale que se esté bien aquí, pero otro día más sin hacer nada me amarga. Mucho.
Decido ignorar un poco el tema, enciendo la estufa de leña y me recuesto en el sofá largo. Delante tengo una televisión donde un par de aburridos tertulianos se dedican a gritarse el uno al otro. Me recordaba bastante a los documentales de chimpancés, aunque estos últimos parecían bastante más educados. Y antes de cambiar el canal, apago la tele. No tengo la cabeza para mucho lío. y menos para quedarme absorto delante de la pantalla. Uso el mando a distancia de la cadena de música, y la pongo a reproducir el disco que tiene dentro. Una melodía suave empieza a inundar la estancia, y a mí con esto me basta para entrar en trance. Cierro los ojos, y dejo que la mezcla de gotas cayendo y dulces rasgueos de guitarra empiecen a hacerme levitar en mis propios pensamientos. Y cuando aún no tengo nada definido en la nube de mi cabeza, llaman a la puerta. Tres golpes secos.
"Me pregunto quién será.", quise decir, pero lo único que sonó en el salón fue un gruñido de desperece. Tardo unos cuantos segundos en incorporarme, los suficientes para que otros tres golpes volvieran a caer sobre mi puerta. Que impaciente es la gente, ¡necesito un poco más de tiempo! Me acerco a la puerta, y hablo en voz alta.
- ¿Sí?
- ¿Víctor? ¿Puedes abrirme la puerta un segundo? -reconozco la voz al instante. Es la hija del casero.
- Ya puede ser algo bueno, Laura, ¡es un poco tarde! - bromeo, y abro la puerta.
- Míralo por ti mismo - me responde mientras cruza el marco de la puerta.
En sus brazos hay una enorme bolsa, con varios vegetales sobresaliendo. Me quedo embobado mientras la veo descargando toda la bolsa encima de mi mesa. Tomates, cogollos, apios, cebollas, y otros vegetales de los que desconozco el nombre...o su utilidad culinaria. Supongo que es una ventaja de que tu casero tenga una frutería en el bajo del bloque, aunque no pensaba que fuera del tipo de vendedor que regala cosas a los inquilinos.
- Vaya, vaya. ¿Un regalo de bienvenida? - pregunto a Laura.
- Algo así, sí. Mi padre envía todo esto con sus saludos. Pero tiene su significado, no te creas - Laura sigue hasta el salón mientras habla, y se sienta en el sofá donde estaba "meditando" hace unos momentos. La muchacha se coge demasiadas confianzas con alguien a quien conoce hace un par de días - ¿Tienes algo para beber? ¡Subir todo eso hasta aquí cansa bastante!
Voy hasta la cocina y saco un par de cervezas. Desconozco los gustos de Laura en cuanto a bebidas, pero parece que acerté. Cuando se la puse delante, le faltó poco tiempo para abrirla y darle un buen trago. Me siento en uno de los sillones individuales, encarando a Laura. Entonces me tomo un breve momento para observarla mejor. Como dije antes, es la hija de mi casero, el señor Loriga (Paco para los amigos), dueño de la frutería de abajo, y al que debo pagarle religiosamente el alquiler mensual. Laura tendría que haber estado hasta hace poco ayudando a su padre, pues aún llevaba el uniforme de faena: unos vaqueros con tirantes por los hombros, una camisa desgastada y un delantal que le llegaba a las rodillas. Tenía la melena castaña recogida en una coleta, y un par de ojos marrones que destacaban de sobremanera sobre una cara pálida con pecas. Ciertamente era bastante guapa. Laura le da otro trago a la cerveza y me clava la mirada, sacándome de mis observaciones.
- Bueno, Vic. ¿Qué te parece el sitio?
- Bastante bueno, la verdad - respondo escuetamente -. Por ahora tiene todo lo que necesito.
- Ajá - mi respuesta no parece interesarle mucho -. ¿Cómo es que te has mudado?
- Pues dicho rápido, me apetecía sentir un poco de independencia.
- Ajá - otra vez la misma expresión -. ¿Y cómo vivías antes? - empiezo a sentirme como un recluso en un interrogatorio. Seguramente esté sacándome información para poner al día a su padre sobre el nuevo inquilino.
- Me bañaba en un barreño y comía flores. ¿A ti que te parece? - esperé que Laura no se tomase el comentario estúpido muy en serio. Me contenté al verla reírse -. Qué, tu padre no se fía de mí, supongo.
- No es eso, hombre - me responde entre risas -. Sólo teníamos curiosidad por saber algo más de ti. Al fin y al cabo, has hablado bastante poco desde que viniste.
- Es algo que veo normal, Laura. No conozco a nadie por aquí salvo a ti y a tu padre, y a pocos más.
- Es todo lo contrario. ¡Por eso mismo tendrías que conocer a más gente! Te pienso presentar al bloque entero, y serás el vecino más popular de todos.
¿Popular? ¿Yo?
- Bueno, nada de precipitarse, muchacha. Dale tiempo al tiempo. No quiero parecer forzado a presentarme a todos, estas cosas tienen que ser espontáneas.
- Por cierto, ¿estás saliendo con alguien...ahora mismo?
Epa. Epa epa epa. Hablando de cosas espontáneas.
- N-no, la verdad es que no - la pregunta me pilla completamente a contrapié, y la extraña expresión en su cara no me ayuda a hablar -. ¿Por qué lo preguntas?
- Un misterioso soltero resulta mucho más atractivo para los cotilleos y rumores - Laura se ríe por lo bajo, de una forma que me asusta -. Creo que vas a dar mucho de qué hablar, Víctor.
Genial. Y yo que buscaba algo de paz.
- De eso nada, no pienso ser la comidilla de nadie - digo abruptamente. Me había pensado algo muy diferente -. Y va a ser mejor que te largues. Tu padre se tiene que estar preguntando dónde demonios te has metido, y no quiero que se me acuse de secuestro nada más mudarme. ¡Andando!
Laura apura la lata y se levanta conmigo. La acompaño hasta el estrecho vestíbulo del piso, donde tres personas estarían bastante apretujadas. Por lo tanto estoy bastante pegada a ella cuando abro la puerta. Fue un solo momento, pero bastó ese pequeño momento para encontrarme en una situación bastante comprometida. Al abrir la puerta, tenía a Laura a muy pocos centímetros de mi, cara a cara. Y lo que empezó como un movimiento reflejo de guiarla por la puerta, acabó con mi mano en su cintura, y la suya agarrando mi brazo, y en vez de llevarla al pasillo, la traje hacia mí. Y con ella pegada completamente y bien agarrada, me mira a los ojos.
Tensión. Tensión pura y dura de todo tipo.
Nos separamos un poco, nos soltamos, y Laura sale al pasillo. Un leve "hasta luego" flota en el aire mientras se encamina hacia las escaleras del bloque. Para cuando quiero darme cuenta, estoy contemplando el suave bamboleo de su trasero. Cierro la puerta y pego la espalda a ella. Tenía que tranquilizarme un poco, soy una persona que lleva muy mal los nervios, y cosas así alterarían a cualquiera. Me sentí tentado. Muy tentado. Pero acabo de conocerla como quien dice. No lo considero algo muy correcto. Y si su padre se enterara...
El corazón me va a cien. Cierro los ojos e intento calmarme. Para cuando volví a escuchar tres golpes en la puerta, lo tenía como mínimo a quinientos.
- ¿S-sí? - digo completamente ahogado.
- Creo que me he dejado el móvil dentro - ella.
- Claro, ahora...te abro - respondo. Calma, por favor, que solo ha sido un estúpido roce.
Laura entra mirando al suelo, y se encamina directamente al salón. Entro detrás de ella tras cerrar la puerta. Está de pie, estática, delante del sofá. Detrás de ella no puedo ver si está buscando con la mirada, o qué demonios está haciendo, pero abro la boca.
- Creo que no has usado el móvil aquí - digo sin pensarlo. Laura sigue completamente rígida, y el no poder mirarle a la cara me asusta un poco, así que sigo diciendo tonterías -. O...o al menos no...no recuerdo que lo hicieras, a-aunque es un poco raro, teniendo en cuenta que la juventud últimamente n-no se separa...de los móviles, ja...j--
...
Un arma de mano del calibre .45 es capacidad de disparar una bala a velocidad subsónica, alrededor de unos 300 metros por segundo. Eso es mucha velocidad. Si la distancia a la que estás del disparo es menos de un maldito metro, es imposible evitar que la bala te acierte.
No sentí ningún disparo, ninguna bala, ni ningún dolor, pero sí que sentí esa velocidad.
También sentí algo más en esos 300 metros por segundo.
Sus labios.
En menos de un momento, tenía sus labios en los míos. Y tenían un sabor que no era de este mundo. Mientras más los juntábamos, mientras más los sentíamos, más me costaba pensar. Las manos se me movían con completa autonomía, y mis brazos aferraron firmemente la cintura de Laura, apretándola contra mí, todo sin separarme de sus labios, en los que estaba completamente atrapado. Ella seguía moviendo los labios y la lengua, con sus manos agarrando mi cara y mi nuca, apretándome ligeramente contra su boca. Seguimos, apoyados en una de las paredes del vestíbulo, sin pausa. Minutos más tarde, nos separamos por primera vez. Tuvo que ver mi cara de anonadado, porque Laura se empezó a reír nada más verla. Eso sí, una risa pausada, ligera, dulce e increíblemente tranquilizadora. Me empecé a sentir genial...hasta que me agarró del brazo y me sentó en el sofá grande. Con la cara perpleja, la seguí con la mirada, viendo cómo ella se sentaba en el sofá individual. Ahora teníamos los sitios cambiados, la música seguía llenando la estancia, al igual que la luz de la estufa, pero el calor que emitía no era el que ahora estaba calentando mis huesos precisamente. Laura era la anfitriona ahora...
...y yo no tenía ni idea de dónde me había metido.
Laura se encontraba ahora sentada delante de mí. Sus manos seguían el contorno curvo de su cuerpo: hombros, pecho, cintura y cadera. Ahora me fijaba en todo detalle, y Laura tenía un cuerpo increíble. No era como las modelos de revistas, anuncios o pasarelas, no. Era un cuerpo de mujer. Completamente de mujer, de un atractivo que me hacía pensar que desde que hablé con ella por primera vez, debía de tener los ojos metidos en mi propio culo para no darme cuenta de ello.
Espera.
Deshizo el nudo del delantal, y lo dejó caer en el suelo. Si ya me parecía atractivo con ropa, verla desnudándose era demasiado. Sentía los ojos fuera de sus órbitas, intentando permanecer sereno sin mucho éxito, solo aguantando con unos atisbos de autoccontrol que se iban desmenuzando como papel mojado. Laura me clavaba sus ojos tostados en los míos, y cada vez que lo hacía, sentía un cortocircuito mental, y todo el vello de los brazos se me erizaba. Esta vez me mantuvo la mirada mientras se desabrochaba la camisa, botón a botón. Antes de abrirla completamente, y antes de darme cuenta, Laura estaba arrojando sus vaqueros junto al delantal, al suelo.
Espera. ¡Espera!
Sus piernas no tenían ni inicio ni fin, con un movimiento armonioso las puso encima del propio sofá, aún mientras estaba sentada, lo que hacía que su cuerpo se apretase consigo mismo. El contorno de Laura se hizo más curvo incluso, y se dedicaba a pasar la mano por esas piernas desnudas que me estaba comiendo ahora con la mirada. Tenían que tener la textura de la seda como mínimo. Sentía la boca salivar en exceso, y todos los poros de mi piel estaban en llamas. Los ojos me escocían, pero no pensaba cerrarlos ni un instante, como si hacerlo pusiera fin a todo, y no iba a permitirlo, nunca. Antes prefería que se me quemaran.
Espera. ¡Espera! ¡¡ESPERA!!
Otro momento después. Demasiado rápido quizás. La ropa interior de Laura estaba ya en el suelo, el sujetador violeta encima de la mesa. Se lo había quitado de una forma lenta, muy lenta. Pero mi cabeza no podía funcionar muy bien en ese momento, obviamente, y la sensación del tiempo se había ido a tomar vientos hace un buen rato. El cuerpo desnudo de Laura estaba sentado frente a mi. Sus manos seguían contorneando su cuerpo, y su mirada me seguía empalando. La opresión de mi pecho era horrible, y aguantar se hacía cada vez más difícil. Entonces bajó sus manos hasta su entrepierna, y con suave delicadeza, empezó a moverlas. Laura curvó la cabeza hacia atrás, y empezó a gemir a medida que sus manos subían y bajaban.
Y allá se iban.
Los dilemas morales.
Los pensamientos cuerdos.
Los vestigios de autocontrol.
El "qué dirían sus padres".
La tranquilidad.
Todo estaba sirviendo como combustible a la estufa. O se esfumaba por la ventana, bajo la torrencial lluvia, a más de trescientos metros por segundo.
Toda mi ropa estaba ya desparramada por todos lados, salvo mi camiseta, que usé como alfombra improvisada, sobre la que tumbé a Laura. Mi mano derecha estaba acariciando su entrepierna, mientras con la izquierda contorneaba su cintura y sus caderas. Me encontraba casi devorando su cuello, con el impulso de alguien que ha estado sin comer días, semanas, meses, una mezcla de desquicie y pausa, disfrutando el sabor de la carne de nuevo. Ella no dejaba de gemir, haciéndome perder más y más el control. Entonces, paro. Esta vez soy yo el que le clava la mirada. Ella sabe tan bien como yo lo que pienso hacer. Bajo la boca hasta su pecho, reposo la mano sobre uno de ellos, y mi lengua lo recorre completamente, con especial delicadeza en las zonas sensibles. Tengo el pezón entre los dientes, mordido sin fuerza, y succiono. La noto retorcerse en mis manos, una sensación que casi que me otorgaba más placer a mí que a ella. Después sería el otro pecho el que recibiría la atención, y bajé pasando con delicadeza por el vientre, hasta mi destino. Toda mi boca, mis labios, se fundieron en ella. Sus fluídos y mi saliva hechos uno. A medida que movía más ágil y rápidamente la lengua, los gemidos de Laura aumentaban en frecuencia y volúmen, y sus espasmos se agudizaban, pura delicia. Lengua hacia arriba, lengua hacia abajo, hacia los lados, en el punto, en el contorno, una y otra vez, una y otra vez. Laura me agarró la cabeza con sus manos fuertemente, mientras la curva de su espalda se hacía cada vez más cerrada. En ese momento no sé quién estaba recibiendo mayor placer. Esta carne era completamente diferente, de un sabor fortísimo y desbordante, pero agradable, sabor de una mujer, lo mejor que probaría en la vida, un banquete que desearía que durase años, o hasta mi muerte. Pero aún quedaba más, no íbamos a cortar ahí.
Aún habiéndome dejado ir completamente entre sus piernas, Laura sacó fuerzas de flaqueza y me apartó. Nos incorporamos y me sentó en el sillón individual, aún caliente. Ahora tenía una perspectiva directa de lo que era mi mástil erguido completamente y duro de una forma que nunca había visto. Laura lo asió con sus manos, gentilmente, y se arrodilló delante de mí. Creo que realmente no estaba preparado para ello, o quizás sí, pero no sabía lo que iba a sentir. En un abrir y cerrar de ojos, mi miembro estaba dentro de su boca. Los ojos se me volvieron completamente, y desde la punta hasta la base sentí un placer inmenso que recorrió todos los rincones de mi cuerpo, completamente en tensión, relajándose poco poco mientras Laura abrazaba repetidamente mi miembro con sus labios. Cada movimiento de su lengua era como un latigazo en mi espalda. Y los latigazos no cesaban. Laura usó labios, lengua, manos e incluso dientes, logrando llenar mi cuerpo de un gozo que sobrepasaba todos los límites. Entonces empecé a sentirlo. Un espasmo diferente al resto, con la sensación de ser el último, una sensación de explosión inminente, acercándose al punto de no retorno. Pero esto no podía acabar así. No de esta forma. No ahora.
Aparté a Laura, quien me miró con sorpresa, y la alcé en brazos. Ella me rodeó con las piernas en mi cintura, y los brazos en mi cuello. La reposé suavemente de nuevo en la camiseta del suelo. Me recibió dulcemente entre sus piernas, y no dejó de besarme, ni yo a ella. Primero suave, lento, con un ritmo progresivo, llegando a un continuo vaivén de caderas sin fin. Desconozco cuanto tiempo estuvimos así, hasta que llegó lo inevitable. Nuestros vientres se unieron llegando al fin, la miré a los ojos, y sabíamos que íbamos a terminar en breves. No aguantaba más. Ni yo, ni ella. Y tal como se anunció, vino. Dejé de ser un cuerpo para ser líquido. Un líquido ágil y violento, arrojado fuertemente dentro de Laura. Los músculos dejaron de responderme, y me derrumbé en el suelo, no sin antes apartarme para no aplastar al cuerpo jadeante y sudoroso de Laura. Con la poca fuerza que me quedaba, la acerqué a mí de nuevo. Ella fundió su boca en la mía en otro prolongado beso, y reposamos completamente exhaustos en el suelo del salón. Mis brazos rodearon a Laura, y mis ojos se tornaron hacia la ventana, donde seguían golpeando continuamente gotas de lluvia, hasta que cerré los párpados para quedar profundamente dormido.
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