domingo, 27 de septiembre de 2015

Pasado, presente, futuro.

Desde el día en el que comencé el Grado de ********, hará ya unos cinco años, no he hecho más que cometer errores. Errores que me han guiado hasta la situación en la que estoy enterrado ahora mismo. Haciendo repaso de todo el camino que he recorrido, finalizando donde me encuentro, podría señalar infinidad de pequeñas equivocaciones, que han acabado convirtiéndose en horribles decisiones, pero deseo centrarme en los grandes problemas, las gruesas ramas que sostienen esa multitud de pequeñas hojas.

Me he preocupado demasiado por los demás. Por personas que ni siquiera se merecían ni la mínima de mis atenciones. Estar pendiente de los que quieres no es ningún problema, ni debería serlo, pero hacerlo en exceso conlleva a la raíz principal, y es la despreocupación por uno mismo. Es como el soldado que se tumba sobre la granada para que no reviente al resto del pelotón. El soldado muere, el pelotón se salva, y todos vuelven a casa, solo que uno lo hace en una caja de pino, si es que ha quedado algo, claro. Dudo que el resto del pelotón se acuerde de ese soldado cuando regresen a follarse a sus mujeres. Solo cuando estén ebrios, seguramente. La despreocupación de mí mismo ha llevado a otro de los problemas que realmente me desfiguran cualquier ilusión, y es que al destrozarme yo mismo, he preocupado a los que realmente me querían. Mi desgracia ha degradado su felicidad, su día a día, y sus noches. Y es una de las cosas que realmente lamento haber hecho.

Otras cosas, como no centrarme en mis responsabilidades, tareas, recurrir siempre a la salida fácil, la distracción, y mi falta de insistencia, han creado una coalición completa que se refleja en una ausencia completa de autoestima y confianza en mí mismo. Dentro de mi cabeza solo auguro fracaso, continuamente, ya que constantemente no hago más que convencerme de que no merezco la pena, que soy incapaz de enfrentarme a cualquier cosa que se me cruce. Me ha hecho tener miedo a lo desconocido, a lo nuevo, e incluso a vivir.

La inseguridad y el desconcierto guían mis días, días vacíos, solo un pasar el tiempo sin pensar, sin sentir, solo lamentándome de ello por la noche, y a la mañana, todo olvidado, hasta que cae la noche. Debido a que no sé cuánto tiempo podría aguantar así, ni pienso comprobarlo, hoy debo, y quiero, tomar una decisión. No será fácil hacer algo así, pero lo único que deseo es detener la vorágine de sinsentido y miseria.

Es intrínseco del ser humano experimentar placer con la desgracia de otros. Hay pocas personas que son capaces de tener la suficiente consciencia como para rechazar esto, personas entre las que no me encuentro. Me he desprestigiado, me he perdido el respeto, me he ignorado y rechazado, me he humillado en incontables ocasiones. Me he hecho sentir completamente desgraciado, y quizás, de todo ello haya sido capaz de sentir placer. ¿Cómo es esto posible? Es relativamente fácil, de alguna manera, pues ¿no es placentero hacer sufrir a aquel que uno odia? Quizás esta sea la raíz de todo, arraigada completamente hasta lo más profundo de mi ser, pero nunca he odiado a nadie, ni he tenido tantos motivos para hacerlo, como para odiarme a mí mismo. Y por constante castigo, he llegado a sentir que realmente lo merezco. Todo lo malo que me suceda, lo justifico con mi inferioridad, con mi debilidad, y como si fuera culpable de todo. Estoy inmerso en una situación en la que es imposible vivir sin autodestruirme. La continua erosión me hará sucumbir el día menos pensado, y entonces será demasiado tarde para hacer algo. No dejaré que ese día llegue. Y por eso debo hacer lo que voy a hacer.

Voy a matar a **** ******* ****** ******.

Cogeré todo lo que soy ahora mismo, absolutamente todo. Todo lo bueno. Todo lo malo. Y me destruiré, pieza a pieza. Llegaré hasta el núcleo de mi propia existencia, y cuando todos los elementos hayan quedado reducidos a un nivel básico, volveré a reconstruirme. Tomaré todas las piezas que necesito, todo lo que valoro, y con ellas, moldearé lo que quiero ser, y todo lo que deje atrás quedará reducido a cenizas. Me daré a mismo la oportunidad de volver a sentirme un ser humano, capaz, dispuesto, con voluntad propia, con capacidad de criterio, libre de la prisión del miedo en la que me encuentro encerrado. Aún así, independientemente de la buena voluntad de la que pueda contar, no será lento, no será bonito, y no será indoloro, pero será necesario. Lo único que deseo es poder mirarme a mí mismo, y ver a una persona, con su felicidad y su tristeza, inquietudes, deseos, pero no la carcasa vacía en la que me he convertido. Quiero ser capaz de ello, e incapaz de volver al estado inicial, sin vuelta atrás. Que todo el cúmulo de malos sentimientos que inundan mi interior pasen a ser algo del pasado, y que el ser creado y recién nacido sea lo suficientemente fuerte como para no sucumbir a la adversidad, que sea capaz de defender lo que realmente ama, y sea capaz de hacer feliz a aquellos a los que quiere.

Por un presente que afiance los cimientos de mi único deseo.

Por un futuro cuyo límite solo sean las estrellas, y no uno mismo.

jueves, 8 de enero de 2015

Id

Es una noche fría y levemente iluminada. El sol hace horas que se puso, y del cielo ahora se cuelga una blanca luna, que asoma por los pocos recovecos que el cúmulo de nubes nocturnas le deja. En la habitación solo hay una pequeña lámpara de escritorio, acompañada por la inhóspita luz blanca de un monitor en pobres condiciones. Delante de ese mismo monitor me encuentro ahora mismo. Mis ojos pegados a la pantalla, y mis manos danzando sobre el teclado, plasmando en pantalla todo lo que pienso, o quiero pensar. Una música suave y ceniza flota por el ambiente, del tipo que siempre me ha gustado e inspirado. Pero hoy no necesito inspiración. No es mi cabeza la que escribe ahora mismo, no es mi imaginación, ni mi inventiva. Hoy escribo con el miedo por delante.

Escribir. Escribir es lo único que realmente ha sido capaz de liberarme, aunque solo fuera durante unos minutos, unas pocas horas, o una noche. Letra tras letra, palabra tras palabra, multitud de párrafos han salido de mis dedos, menos de los que quisiera tengo que admitir, pero los suficientes como para sentirme orgulloso. Son varias las dotes artísticas que he intentado comenzar y apropiar, como la pintura, el dibujo, la música, el canto, todos puros fracasos, como el triste intento de tapar el agujero de un alma rota dejada por el auténtico amor con falsas expectativas y personas que no merecen, ni nunca merecieron la pena. Da igual qué intentara, nada me hacía sentir tan bien como ver a las palabras nacer de mis propias manos. Una, dos, tres, cientos y miles, muchas de ellas con sentido, muchas otras de ellas sin él. Palabras de un adolescente caprichoso, de un poeta frustrado, de una imaginación que no cesa, de un adulto que nunca se atrevió a poner los pies en el suelo por miedo a quedarse pegado y no poder volver a volar. Hay tantas, tantas cosas que me nunca me he atrevido a decir, y que han quedado mezcladas, ocultas en mis párrafos. Alegorías de mi propia vida, de mis pensamientos, de personas que me importan, de amores que solo eran caprichos, y de caprichos que no me atreví a ver que era amor, de mis preocupaciones, alegrías, experiencias, todo. Todo quedaba poco a poco tejido con pequeñas letras que se forjaban en un monitor, poquito a poco. Un montón de "pocos" que han forjado otro montón de "muchos". Y sobre todo, era un refugio. Mi refugio contra las inclemencias de todo tipo que pudieran acecharme, y es ahora cuando lo necesito. Realmente lo necesito.

Desconozco realmente quién leerá esto. A esta red tienen acceso unas cuantas personas que me importan, y otras a las que me temo que realmente ni he llegado a conocer, pero no me importa. Seguramente sean pocos los que han tenido paciencia para soportarme (dentro y fuera de la pantalla), pero aún así siempre me ha gustado hacer esto. Hacer lo que de verdad me gusta, escribir, y cuando está terminado, cuando realmente me hace sentir bien, compartirlo con quien tenga cinco o diez minutos que prestarme. Han sido multitud de veces las que lo he hecho, y siempre me ha gustado hacerlo, por lo que seguramente esta no sea una excepción. Aunque debo reconocer que lo que llevo escrito por ahora es bastante diferente a lo usual, pareciera más la hoja de un diario que uno de mis escritos en los que la ida de pinza es la orden de día. Pero no por ello tiene menos parte de mí. No hace falta que lo diga, pues todo lo que he creado lleva mi propia esencia, o toque especial, no sé como denominarlo. Incluso cuando leo mis propios escritos de hace años, me entra la risa, y me lleno de una nostalgia que ahí se queda para el resto de la semana. Y cuando menos lo esperas, llega de nuevo. Ese cosquilleo en los dedos, esas ganas de que llegue la noche, donde te encaras con una hoja en blanco, y esa línea parpadeando al inicio del primer párrafo, como si dijera "Hazlo. Lo estás deseando.", y tal como harían dos jóvenes que se descubren el uno al otro dentro de las sábanas, pasaban las horas, y uno, y otro, y otro párrafo. El reloj podría marcar tranquilamente las cuatro de la mañana, que me negaba a detenerme hasta que no estuviera completamente satisfecho, hasta que mi mayor placer en esta vida no me colmase por completo. Y una vez terminado, cumplido, y con la sonrisa en la cara, caer rendido de sueño.

Pero, tristemente, hacía mucho que no me sentía así. La apatía me derrocaba por completo, y tener la mente atada exclusivamente a los problemas diarios agotaba por completo mi inventiva, y el no poder escribir me hacía que el leer, otro de los placeres de los que nunca me había privado antes, fuera imposible de disfrutar. Los meses pasaron, y el tiempo me cobró la factura. Desde una horrible dificultad en usar mi comprensión lectiva, hasta hacerme frustrante tomar apuntes en clase por todos los errores cometidos día a día. He pasado tiempo así, tiempo en el que no puedo decir que no haya podido vivir, o haya sido horrible, no. He tenido más vivencias que este problema, por supuesto, pero ese hecho de no poder hacer lo que te gusta, de no ponerle la guinda a esas noches en vela, hace que el alma se oxide poco a poco, hace que te sientas automatizado, sin voluntad, fuera de tu propio ser. Y esa sensación no es buena. Es incómoda, y te hace pedazos las ganas de seguir adelante.

Pero alto, alto, no es todo abatimiento y derrota, por dios, no. Ahora que he despegado la cara de los folios un rato he encontrado una pequeña, minúscula, e igual que cualquier otra hora que puede haber en el día en el que he decido abrir un nuevo documento. Cuando he querido darme cuenta, ahí estaba la hoja en blanco, con esa línea parpadeante. "Vamos, vamos, vamos.". Y, bueno, uno es de carne débil, y al igual que otro que viera a una Scarlett Johansson o a un Johnny Depp de turno acostados en su lecho, pues no me he podido resistir, la verdad sea dicha. Pero era lo primero escrito después de una terrible temporada de sequía, así que sí, tenía que ser algo distinto. Un inicio, un pistoletazo de salida. Porque sí, si alguien creía lo contrario, esto no ha hecho más que empezar. Y me encanta.

Ahora será mejor que cierre antes de que me resbale con todos estos sentimentalismos. Como le diría a una de las personas que mas quiero en este mundo...."...UGH."

sábado, 6 de diciembre de 2014

Ése

Me necesitáis. Más de lo que os pensáis.
Lo veo en los ojos de la gente.
Lo leo en las caras, los gestos, las acciones.
Hora tras hora, día tras día.

Soy el tipo invisible del que algunos no se dan cuenta.
Estoy a la derecha, a la izquierda, delante y detrás,
Pero a sus ojos solo soy una cara más.

Soy el tipo que sirve de ejemplo para que madres escarmienten a sus retoños.
"Se bueno", les dicen a sus pequeños. "Si no, serás como él".
"Quiero que seas feliz, y que te portes bien".

Soy el tipo que alivia los malos días de muchos y muchas.
"El día ha sido un desastre, y aún quedan tareas por hacer".
"Pero podría ser peor. Podría parecerme a él".

Soy el tipo que reconcilia a enamorados, a padres e hijos.
"Bésame y nunca cambies. No quiero que termines así".
"Míralo bien, hijo mío. No quiero ese futuro para ti".

Soy la corriente que os libra de vuestros pecados.
Soy la sombra que os impide ver vuestros fallos.
Soy la losa sobre la que reposan vuestros errores.
Una tumba ruin y maldita donde nadie deja flores.

Soy el cesar del eco de vuestros fracasos.
Soy vuestra culpabilidad hecha pedazos.
Soy el sumidero de vuestro odio más profundo.
Un agrietado muro que resiste el pesar del mundo.

Hora tras hora, día tras día.
Lo leo en las caras, los gestos, las acciones.
Lo veo en los ojos de la gente.
Me necesitáis. Más de lo que os pensáis.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Aciago (III)

Una luz cegadora y blanca hizo que me tuviera que cubrir los ojos con el brazo. Muy poco a poco, abriéndolos para acostumbrar mis pupilas a la nueva luz, me vi a mí mismo en un suelo pálido y suave. Mis manos se deslizaban fácilmente por él, desmenuzándolo, dejándome fragmentos de la tierra entre mis dedos. Con la cara y el cuerpo tumbados, me sentía extrañamente bien, sin pensar casi en nada. Cogí un puñado, y sosteniéndolo en mi mano, lo compacté. Lo primero que se me ocurrió pensar fue en nieve. Aquella tierra era muy similar, pero era imposible. No estaba fría, y no sentía ninguna incomodidad al tenerla en mis manos. Probablemente mi cara se hubiera tornado del mismo color cuando me di cuenta de esto. No sentía frío, pero tampoco calor. No podía sentir nada. Con miedo puro en el cuerpo, me incorporé rápidamente, y solo entonces eché un vistazo a mi espectacular, pero inquietante entorno.

Innumerables montañas, montes y llanuras blancas constituían los pilares de un cielo teñido de tonos violetas y azules, coronado por nubes grises y negras como el carbón, que lo surcaban a una velocidad de vértigo, teniendo en cuenta que no había ninguna clase de viento en aquel momento. Yo mismo me encontraba en una de esas montañas, y podía mirar a la dirección que quisiera, que el paisaje no cambiaría ni un ápice. Y allí, en medio de la cima, a unos pasos, se erigía una pequeña casa de madera. Me acerqué a ella, no sin una sombra de sospecha y de duda recorriendo mi cabeza. No me preocupaba la casa, sino el hecho de que estuviera allí mismo, en medio de la nada. ¿Quién sería capaz de vivir en un sitio así? Apenas formulé la pregunta cuando hallé la respuesta yo mismo.

Allí, al borde del acantilado enfrente de la cabaña, una figura se mantenía de pie, de frente al abismo, y sin apartar la vista del horizonte, o eso parecía, pues no movía ni un músculo. Me aproximé sin cuidar el ruido de mis pasos. Sentía perfectamente que había detectado mi presencia. Al fin y al cabo, supuse que nada ocurría en aquel peñasco sin que el dueño y señor de tal se enterase. También cabía la posibilidad de que tuviera algo que ver con la razón de por qué estaba en aquel lugar. Cuando estuve lo suficientemente cerca, arrojé una mirada a sus ropajes. Una chaqueta oscura, similar a la piel, con una capucha que cubría su cabeza, y pantalones similares. Lo que más me llamó la atención fueron las correas de cuero marrones con hebillas. Por todas partes, y muy numerosas, conformando una especie de armazón. No tuve tiempo para fijarme en más detalles, pues su voz resonó en un eco en las montañas.

- Alteración. Las nubes lo anuncian. Es un período de transición – dijo, aún con la mirada clavada a la nada. – Pero me temo que está más allá de tu comprensión – y con esto, silencio.

- ¿Quién eres? – pregunté, pese a dudar de si obtendría alguna respuesta. – ¿De qué estás hablando?

- Deberías saber que cuando alguien pregunta algo, debe estar preparado para conocer la respuesta – y antes de que pudiera responder, continuó – ¿Acaso recuerdas qué estabas haciendo antes de venir?

Sin decir nada, mi mente quedó en blanco. Aquellas palabras me resonaban en la cabeza, e intenté recordar algo. No solo no pude, sino que el mismo hecho de intentarlo hacía que me hirviera la cabeza. Empecé a sentir dolorosamente las palpitaciones de sangre al cerebro, similares a golpes secos. Pese a ello, me causó algo de alivio, pues sentía claramente el dolor. Quizás no calor o frío, pero sí dolor.

- ¿Qué significa esto? – mi tono de voz se magnificó por el dolor. – ¿Por qué estoy aquí? No recuerdo haber hecho nada, ni siquiera como he llegado. ¿Qué está pasando?

- Preguntas. Muchas, y ni siquiera te paras a pensar que seguramente tengas ya las respuestas – espetó. Su voz seguía tranquila, pero era fría como la escarcha. – Si eres paciente, irás conociendo las verdades, una por una, y desenmascarando mentiras y embusteros. Actuar sin precaución solo te hará creer que conoces la verdad. Una verdad que, obviamente, estará sustentada en mentiras.

La sangre empezaba a golpear mi cabeza con más fuerza, y me hizo caer de rodillas. Lo que antes era dolor, se empezaba a convertir en entumecimiento y neutralidad. Tenía que dejar de pensar, o me reventaría la cabeza. Aun así, no deje de mirar a la figura, que se mantenía exactamente como la encontré. Me pregunté durante un instante que si aquella voz siquiera fuera suya. Entonces, alzó la mano izquierda en alto. La visión se me emborronaba, y los miembros se me quedaban paralizados en una sensación terriblemente familiar. Tirado de nuevo en la tierra blanca, alcé la vista hacia las nubes, que continuaban su recorrido, ajenas a lo que ocurría en la cima de la montaña, a la figura, y al resto del mundo.

- No dejes de correr – escuché, antes de cerrar los ojos. – No dejes de buscarla.

Aciago (II)

Recorriendo la calle a toda velocidad, atento a cualquier detalle, me fijé en una sombra. Podría ser cualquiera, o cualquier cosa. De todos modos me acerqué rápidamente. Y antes de que llegara, la sombre giró una de las esquinas, dirigiéndose a otra calle. Crucé la calzada y cambié de dirección, encarando el nuevo recorrido, pero sin resultados. Lo único que veía ahora era otra calle más, vacía como la anterior. Y la anterior. Y la anterior. Reclinándome, con las manos en las rodillas, y casi ahogado, maldecía a todo por lo que estaba sucediendo, y que no llegaba a entender para nada. Aún en el cruce, miré hacia todas las direcciones. Todas presentaban la misma vista, calles solitarias, luces tenues, coches aparcados llenos de humedad. Solo cuando me senté en la acera, empecé a preguntarme por qué no había nadie en la calle, ningún ruido, ningún signo de vida. A pesar de ser por la madrugada, es extraño. El amanecer llegaría pronto.

Aún intentando vislumbrar cualquier atisbo de lógica en todo, escuché el primer sonido que me llegó. Suave y bajo, un continuo rechinar de metal, como si se arrastrase algo. Reconocí que tenía miedo. El entorno no ayudaba nada, y cuando encaré la dirección del ruido, no fue a mejor. Estupefacto, y sin dejar de escuchar el metal, pude ver como una densa nube de niebla recorría la calle hacia arriba, hacia el cruce, hacia mí. Los dedos empezaron a quedárseme helados, y las piernas no me respondían, pero no podía desclavar la vista de ello. Y en mi mente empezaron a formarse horribles palabras. Esa niebla va a matarme. Si llega, me matará. Estaba seguro. Solo con rozarme, acabaría muerto. Solo aceptando este hecho, reaccioné. Me acerqué a una de las fachadas de la calle, buscando cualquier puerta que estuviera abierta, cualquier sitio que me sirviera de refugio. No podía estar más tiempo en la calle.

Maldije mi suerte cuando probé alrededor de una docena de pomos, que ninguna de sus puertas se abría. Un vistazo rápido me reveló que la niebla se acercaba aún más. Las maldiciones se tornaron en desesperación, y me vi obligado a huir por incontables callejones, deseando poder escapar. Dejé atrás la niebla, en aquella calle, donde avanzaba rápidamente, y me encaminé a otra. En ese momento, la desesperación desde las maldiciones, se tornó en horror. Por la calle donde estaba, otro frente neblinoso se abría paso, engullendo calle, coches, aceras, todo. Y detrás de mí, la niebla que había dejado atrás. Ningún lugar a donde huir. Me giré, y en la fachada, estaba mi última esperanza. Un bloque de apartamentos se erigía en aquel lugar, un edificio muy alto, y que juraría no haber visto nunca. Me lancé a la puerta acristalada, pensando en destrozarla y atravesarla si estaba cerrada como todas las demás, pero eso dejaría entrar a la niebla. No podía, me cogería, y no volvería a ver la luz del sol nunca más. Todo lo pensé en un instante, el suficiente como para girar el pomo, y que la puerta se abriera suavemente. Sin tiempo para dar las gracias, entré, y cerré tras de mí, y con una calza que había en el suelo, trabé la puerta.

Me escondí detrás del mostrador de la portería, y me asomé para ver la puerta, y el exterior. Los dos frentes de niebla chocaron justamente enfrente de la entrada, y se fundieron en uno solo. Debido a ello, ahora no se podía ver nada a más de dos metros escasos de la puerta. Fue entonces cuando vi una silueta oscura, al otro lado de la puerta, a centímetros de ella. No podía distinguir sus rasgos, pero se diferenciaba que era humana. Durante un momento me pregunté si podría ser ella. No podía quedarse fuera, era una locura. Y cuando iba a levantarme para abrir la puerta, los miré, y con ellos, el mayor de los terrores se introdujo en mi cuerpo. Dos pequeños ojos rojos, brillando, y mirándome fijamente. Ojos negros con pupilas rojas. Caí al suelo, temblando, las manos entumecidas y sin sentido, lo mismo para las piernas, y lentamente para el resto del cuerpo, que sentía retorcerse en violentos espasmos. Lo poco que veía entonces se tornaba en negro. No sabía que me pasaba, ni lo que me iba a pasar, o qué iba a suceder con ella, y por qué había pasado todo esto. Sentí entonces como el cuerpo por completo se me paralizaba. Había llegado al límite de mi resistencia, y algo me decía en mi interior que podría ser también el límite de mi vida.

Aciago (I)

El reloj de mi escritorio marcaba las 3:30 de la mañana. A la luz de un flexo anaranjado y la pantalla del ordenador, me encontraba trabajando hasta tarde para un trabajo de la universidad. Como siempre que necesitaba concentración, mi habitación estaba cerrada a cal y canto. Las persianas completamente bajadas, pues ya no había ninguna luz fuera, siquiera la de las farolas. Es lo que tiene vivir en el último piso. Junto a la puerta cerrada, todo formaba un ambiente seco y cálido, pero no por ello desagradable, y la tenue luz de la lamparilla del flexo era lo único que necesitaba. Pese a todo esto, no me encontraba solo en mi habitación. Alguien más estaba respirando aquí dentro.

Me levanté de mi silla, despegando los ojos de los papeles y la pantalla, y froté mis manos para ganar algo de calor, todo sin hacer ningún ruido. Me desplacé lentamente hasta el borde de la cama, y me senté. Y allí estaba ella, durmiendo, acurrucada bajo la manta. Su cabello castaño largo cubría casi por completo la almohada, y sus ojos cerrados ocultaban un turquesa intenso que me hacía enloquecer. No sé cuánto tiempo pude estar observándola en aquel estado, pensando cuán afortunado era de tenerla a ella aquí. Mi vida tomó un rumbo completamente diferente desde que empezó a importarme, y no logro imaginar dónde hubiera acabado de no haberlo hecho. Pero eso no me preocupa. Soy realmente feliz.

Sin querer despertarla, volví a mi escritorio. Normalmente hago fluir mi mente en la ocupación que tengo entre manos, pero ese día era diferente. Mientras trabajaba, pensaba para mis adentros, ¿por qué estaba haciendo esto? Y la respuesta no se encontraba a más de dos metros de mí. Y sonreí. Pese a que el trabajo era duro, y sería muy largo, no podía dejar de sonreír. Decidí centrarme y terminar esto cuanto antes para poder dormir a su lado, aunque solo quedasen unas cuantas horas para el amanecer.

Y cuando más absorto estaba en mi trabajo, con los ojos fijos en la pantalla, hubo un apagón. La habitación, antes iluminada parcialmente con el flexo, quedó completamente a oscuras. Volviendo en mí, abrí a tientas uno de mis cajones, donde guardaba una caja de cerillas. Encendí una de las velas de mi habitación, y me dirigí a la cama. Seguramente hubiera hecho suficiente ruido como para despertarla, así que tendría que avisarle sobre el apagón. No pasaba nada. No había de qué preocuparse, hasta que me acerqué lo suficiente a la cama. Ella no estaba allí.

Palpé las sábanas, inmerso en incredulidad. Ella estaba allí no hace ni unos minutos, y no escuché ningún ruido, era imposible. Entonces, unos pasos acelerados sonaron en el pasillo. Con la vela en la mano, salí rápidamente de mi habitación. Lo poco que iluminaba la vela del pasillo no mostraba nada, así que lo recorrí rápidamente hasta el final. Allí, sin poder salir del asombro, vi la puerta principal del piso completamente abierta, y aún moviéndose. Cogí una linterna del recibidor, y salí corriendo del piso, pero no veía a nadie. No estaba allí. ¿Dónde demonios estaba? ¿Qué estaba haciendo? Los mismos pasos se escuchaban bajando las escaleras rápidamente. Los seguí, y antes de que me diera cuenta, ya estaba en el portal, cuyas puertas también estaban abiertas. Salí a la calle.

Pero lo único que me recibió fuera fue el frío del invierno, y las luces vacías de las farolas. Solo veía la calle, coches aparcados, pero ninguna persona. Miré a ambos lados de la carretera. Nadie. Absolutamente nadie. Bajo un cielo sin estrellas, y con la linterna en la mano, busqué por los alrededores con ahínco, sin resultado. Me senté en las escaleras del porche, y me llevé las manos a la cabeza. No entendía nada. Miré el cielo, completamente oscuro, y me extrañó. Ya debería estar amaneciendo. Miré el reloj. Las 4:22, y ahí se había parado, junto al resto del mundo. Sin querer pensar en ello, me levanté, y empecé a caminar calle arriba, ignorando el frío, y deseando que esto solo fuera un mal sueño, aunque supiera que no lo era.

lunes, 4 de agosto de 2014

D-App (I)

En menos de un segundo, se desató el infierno.

<<Una fila de montañas violáceas con cumbres nevadas acariciaban tímidamente un cielo oscuro. Un sol rojo como la sangre se escondía tras ellas, otorgando el relevo a la noche. La luna era azul, brillante, y su mortecina luz bañaba la cordillera, dándole un aspecto espectral. A los pies de una de las montañas se alzaban unos cuantos árboles, rodeando un riachuelo de poco caudal. El agua, del color del vino tinto, avanzaba lentamente, coronada por reflejos de luz azul y blanca. El único sonido era el leve viento, que mecía los árboles suavemente, desplazando sus hojas muertas al nivel del suelo. Algunas caían en el agua, y se perdían para siempre en el cauce, otras formaban un lecho sobre la hierba, tapando tierra y raíces. El viento dio paso a un crepitar rítmico. Pasos. En la sombra que proporcionaban los árboles, algo desconocido caminaba hacia el riachuelo, completamente oculto. Al salir de su cobertura oscura y llegar al borde del agua, los pasos cesaron. Una hermosa mujer joven, desnuda, contemplaba los sinuosos reflejos del cauce. Juntó las manos, y se las llevó al pecho, recitando una débil plegaria, y alzó la vista hacia la luna, cuya luz confirió un brillo pálido a su piel y a su larga cabellera, de idéntico color del agua. Sus ojos de color índigo se clavaron en el cuerpo celeste, con una expresión de realizada paz en su rostro. Entonces, la muchacha alzó sus manos, como si intentara aferrarse a aquel lucero eterno colgado del cielo. Los ojos portadores de calma se tornaron en la más pura forma del horror. La luna azul se tornó carmesí, y una enorme brecha oscura rajó el cielo nocturno. Las estrellas cayeron y se apagaron para siempre, y un viento huracanado arrancó todo lo que se atrevía a alzarse sobre la superficie de la tierra, salvo a la mujer. Ella permaneció de pie, cerrando las manos, cambiando su expresión de horror a reflejar completamente ira. Sus puños alzados comenzaron a desollarse, y la carne viva empezó a mostrarse. El manto de hojas muertas dio paso a una capa de sangre oscura, que se propagó como una marea roja. En poco tiempo, las manos de la mujer quedaron completamente despojadas de cualquier músculo. Dos mortecinos brazos esqueléticos se anclaban en un cuerpo normal, proporcionando una visión perturbadora, que no sería más que el preludio de una imagen sacada del mismísimo infierno. Las cadavéricas manos empezaron a arrancar más carne del torso, como si no lo reconocieran como parte de su propio cuerpo. Su boca se abría y cerraba, como si intentase decir algo, pero el macabro descuartizamiento no cesó. Sus ojos, esferas áureas con las pupilas completamente contraídas, no podían hacer más que contemplar el horrible hacer de sus propias manos. Su torso acabó completamente despiezado, sus entrañas y vísceras cubrían el suelo próximo, y de sus salientes costillas colgaban restos de los órganos que estaban propuestos a proteger. Las manos arrancaron de su pecho el corazón, aún latente, y lo alzó hacia la luna, testigo mudo de todo el horror. Los huesudos puños se cerraron en torno al vital órgano, y lo rajó completamente por la mitad, separado en dos partes. La sangre que manó de ambos pedazos hundió la tierra y todo lo que hubo en ella, el cielo comenzó a arder en anaranjadas llamas. La luna reventó en mil fragmentos que cayeron a hundirse en el mar escarlata, y el grito más horrible que jamás se haya oído en toda la existencia quebró la realidad hasta ser destruida..>>

Desperté en unas sabanas completamente bañadas de sudor. Aparté la manta que me cubría de un manotazo rápido, y me senté, apoyando la espalda con la pared. Me froté los ojos, y eché un vistazo a mi habitación. El cuarto no era muy grande, y tenía lo esencial para un estudiante de bachillerato: una cama, un escritorio con un ordenador portátil, un armario y unas cuantas estanterías llenas de libros. Nada parecía fuera de lo normal, pero los acelerados latidos en mi pecho no cesaban. Me acerqué a la mesita de noche, y miré mi móvil. Eran las cinco de la mañana, y al despertador le quedaban aún dos horas para sonar. La luz de la farola de la calle se colaba por los resquicios de la persiana cerrada, dándome luz suficiente para encontrar mis zapatillas y salir de la habitación.

Ya en el pasillo, escuché los fuertes ronquidos de mi padre, provenientes de su dormitorio.  Haciendo el mínimo ruido posible, crucé el pasillo hasta llegar al salón, y de allí a la cocina. Encendí la luz, abrí la nevera, y me serví algo de zumo. Volví al salón, y me senté con el vaso en las manos en el largo sofá que encaraba la televisión. Tomé un par de sorbos, y reflexioné un poco. Acababa de tener un sueño, me había despertado con el corazón en la boca y sudando. No parecía que hubiera sido algo agradable, pero cuanto más intentaba recordar, más me dolía la cabeza, sin sacar nada en claro. Me recosté en el cómodo sofá, resoplé, y apuré el vaso. Dentro de un par de horas tendría que despertarme de nuevo para volver a ir a clase, y en ese momento sentía como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Decidí intentar descansar lo que pudiera, así que me levanté, dejé el vaso en el fregadero, y volví a mi habitación.

Cerré la puerta detrás de mí, y entré de nuevo en la cama. Aun notaba el sudor de las sábanas, pero no le di mucha importancia. Se acercaba el verano, y esta era la estampa habitual cada vez que intentaba conciliar el sueño. Me cubrí con la manta, y cerré los ojos. Seguramente no habría descansado lo suficiente, ya que en poco tiempo sentí la sensación de entumecimiento completo del cuerpo. Los últimos pensamientos de mi cabeza antes de entrar en un sueño profundo eran inconexos, aleatorios, de los cuales nunca me acordaría de nuevo. No tardé en caer dormido completamente.